El milagro de Colau: Piqué ama Madrid

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Muchos tenemos claro que Gerard Piqué es un vendedor de crecepelo, un charlatán de esos que subidos en una carreta intentarían vender en un poblado del Far West agua de río envasada como si fuera un remedio mágico para que el cabello brote. Y lo conseguiría, porque es listo y sabe cómo conseguirlo. Pero si un símbolo culé como él se dedica a elogiar la pujanza de la ciudad de Madrid, sabiendo que en Cataluña puede ser visto como un traidor – máxime tras la clara victoria merengue en el reciente clásico en el Camp Nou –, es que debe estar hasta las narices de la gestión de Ada Colau.

Y es que la alcaldesa ha convertido a una urbe antaño envidiada por su belleza y su pujanza en una ciudad sucia, insegura, hostil para los emprendedores y en la que cada día es más desagradable vivir. Por eso las palabras de Gerard Piqué, por primera vez en su vida, suenan sinceras. Cuando dijo que “amo mi ciudad más que nada, pero siento envidia sana de Madrid, de todo lo que está haciendo. Es un ejemplo para Europa y todo el mundo. Me gustaría que Barcelona estuviese a ese nivel y creo que en estos últimos años nos está costando más” está reconociendo la deriva suicida que ha escogido la capital catalana gracias a la gestión de los ‘comunes’. El “los últimos años nos está costando más” es otra manera de decir “Ada Colau está destrozando Barcelona”.

Está claro que Piqué ha ido a Madrid a vender ‘su’ copa Davis, pero podía haber elogiado las virtudes de la ciudad anfitriona sin compararla con Barcelona. Si lo ha hecho es porque hay una corriente de fondo de buena parte de la clase acomodada catalana que ya no soporta más el populismo de Colau, y como la está convirtiendo en una urbe de segunda división. Piqué, como muchos de los millonarios que han descubierto demasiado tarde el desastre que ha provocado la gestión de la alcaldesa, no vive en la ciudad, vive en una lujosa casa en la localidad limítrofe de Esplugues.

Pero el deterioro de la ‘marca Barcelona’ perjudica la buena marcha de los negocios de muchos empresarios, que están deseando echarla de la alcaldía. En mayo de 2023 hay elecciones municipales, y aunque los rumores aseguran que Ada Colau no va a optar por un tercer mandato, y que prefiere dar el salto a la política nacional de la mano de Yolanda Díaz, prefieren no arriesgarse. Y no solo los millonarios, muchos comerciantes, profesionales liberales y autónomos están dispuestos a ir más allá del mero hecho de votar para asegurarse que los ‘comunes’ dejen de formar parte del gobierno municipal.

De ahí que surjan intentos de candidaturas unitarias constitucionalistas para parar a los ‘comunes’, o se movilicen plataformas ‘cívicas’ que son una tapadera del Junts de Puigdemont (‘Barcelona es imparable) para desgastar aún más a Colau, cuando no hace falta, ella misma se quema sola con su gestión diaria. Basta recordar como soliviantó al distrito de Sant Andreu, uno de sus feudos electorales, con un sistema de recogida selectiva de residuos que llenó las calles de ratas y suciedad. O como ha ignorado a los vecinos de otro barrio en el que consigue buenos resultados, la Meridiana, que han tenido que soportar más de quinientos cortes de tráfico por parte de un par de docenas de radicales separatistas que se dedicaban a poner música a todo trapo, amenazar a los conductores y viandantes y fastidiar la movilidad de la zona.

Queda año y medio hasta los próximos comicios locales, que es mucho tiempo en política. Pero en la vida municipal, cuando se lleva una deriva de varios años en lo que casi todo se hace mal, por muchas cintas inaugurales que cortes en los últimos meses de mandato es casi imposible remontar. Y los socialistas, que son sus actuales socios de gobierno, van a verse arrastrados por el desastre de la gestión de la alcaldesa. El problema es que podemos salir del fuego (Colau), para caer en las brasas (Ernest Maragall). Mucho habrá que trabajar para evitar que, tras el populismo de los ‘comunes’, la segunda ciudad de España caiga en manos del supremacismo de Esquerra Republicana.

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